miércoles, 18 de abril de 2012

Vigilar y castigar, de Michel Foucault


Michel Foucault hizo renombre con este libro, publicado originalmente en 1975. Previamente, Foucault había estudiado la historia de la psiquiatría, y había llegado a la conclusión de que, tras las aparentes reformas psiquiátricas de trato humanitario a los pacientes, en realidad yacen perversos mecanismos de control y poder. Pues bien, Vigilar y castigar pretende hacer algo parecido, pero en vez de criticar el manicomio, Foucault se propuso criticar la prisión. A partir de entonces, Foucault selló su posición como enfant terrible frente a la moral burguesa, no tanto por sus escaramuzas de promiscuidad sexual, sino por su oposición a cualquier forma de ejercicio del poder. Así, Foucault se convirtió en una de las figuras más visibles del postmoedernismo, ese lamentable movimiento filosófico que pretende oponerse al legado racionalista de la Ilustración.

Más allá del hecho de que, como veremos, muchas de sus tesis son muy lamentables, Vigilar y castigar es un texto sumamente interesante. Foucault empieza ofreciendo una escalofriante descripción del castigo al que fue sometido Robert Francois Damiens, un soldado francés del siglo XVIII que intentó asesinar a Luis XV en 1757. Damiens fue sometido a espantosas torturas públicas, y fue finalmente ejecutado por desmembramiento ante una multitud.

Espectáculos como éstos han sido muy comunes en la historia de Europa. Pero, Foucault advierte que, casi repentinamente, hubo una radical transformación en la administración del castigo a los criminales. Foucault cita un protocolo francés de actividades en las prisiones, formulado apenas ochenta años después de la ejecución de Damiens, el cual aparentemente resulta ser mucho más humanitario. Lejos de las espeluznantes torturas a las que eran sometidos los prisioneros, estos protocolos prescriben actividades de trabajo, recreación, disciplina, etc.

Es evidente, opina Foucault, que hacia finales del siglo XVIII hubo una ruptura entre el brutal sistema de tortura, y las nuevas formas de castigo. Y, esa ruptura coincide con el enaltecimiento de los valores ilustrados. En efecto, convencionalmente se ha apreciado que grandes figuras de la Ilustración, como Cesare Beccaria y Jeremy Bentham han sido los forjadores de una concepción mucho más humanitaria del castigo.

Pero, Foucault sospecha de esto. A su juicio, las reformas penales no buscaban el bienestar de los condenados, sino más bien sirvieron de artificio para asegurar el poder de los dominantes. A juicio de Foucault, los antiguos métodos de tortura y ejecución pública ya no resultaban tan eficaces. Comúnmente, el ejecutado adquiría el estatuto de héroe mártir que sufría toda la brutalidad del régimen opresor. Esto ocurría en buena medida porque el condenado tenía la oportunidad de pronunciarse públicamente antes de morir, y en vez de arrepentirse de sus crímenes, lanzaba insultos en contra del régimen. Esto incendiaba a las multitudes, las cuales en muchas ocasiones se amotinaban a favor del condenado.

Las reformas penales fueron una respuesta a esto. Con las nuevas formas de castigo centradas en recluir a los criminales en prisiones, se buscaba ya no propiamente ejercer una violencia retributiva en contra del criminal, sino que se pretendía ejercer un control sobre su vida. El criminal ya no era una escoria que había que eliminar, sino un personaje que podría ser reformado mediante técnicas de control y disciplina.

Con la tortura y ejecución de los criminales, el poder dominante sólo alcanzaba deshacerse de los indeseados, pero no lograba dominarlos. En cierto sentido, los criminales permanecían libres, pues su conciencia quedaba intacta. Según Foucault, las reformas penales instituyeron una forma de control mucho más minucioso, en la medida en que buscaban alterar la mentalidad de los condenados mediante los métodos disciplinarios. El sistema penal reformado era mucho más invasivo. Se buscaba, alega Foucault, ya no controlar al cuerpo, sino al alma.

Allí donde los defensores de la Ilustración suelen apreciar a Bentham como un gran héroe intelectual, Foucault lo ve como uno de los forjadores de este nuevo sistema opresivo. Bentham diseñó un modelo de cárcel, el ‘Panopticón’, el cual, según Foucault, es emblemático de la nueva forma de dominio originado en las instituciones carcelarias. El Panopticón es una cárcel en la cual las celdas están estructuradas de manera tal que orbitan en torno a una torre central de observación. La cárcel está diseñada de manera tal que, desde la torre central, siempre se pueda observar el interior de las celdas. Pero, la torre está protegida con ventanas de vidrios ahumados, de manera tal que los prisioneros no pueden observar desde sus celdas el interior de la torre de control; de esa manera, el prisionero no sabe qué ocurre dentro de la torre. Y así, el prisionero tiene la sensación de que siempre está siendo vigilado.

Esta forma invasiva de control no existía durante la época de las torturas y ejecuciones públicas. Foucault insiste en que la suspensión de esos cruentos métodos no es propiamente un avance humanitario, pues ha sido sustituido por un ejercicio mucho más brutal de poder, al pretender invadir la conciencia de los prisioneros, con el fin de hacerlos más dóciles. Y además, denuncia Foucault, esta forma de control ha sido traspasada a otras esferas de la vida social, al punto de que la sociedad moderna se ha convertido en una gigantesca prisión.

Así, por ejemplo, antaño los soldados eran personas fuertes y valientes que, por así decirlo, nacían con ese talento militar. Los ejércitos no tenían que insistir tanto en el entrenamiento, porque ya los soldados venían naturalmente preparados. En cambio, las instituciones militares modernas pretenden tener la capacidad de convertir a cualquier individuo en un soldado eficiente, mediante técnicas de control y disciplina.

Foucault considera que vivimos en un ‘archipiélago carcelario’. Los cuarteles, las escuelas, las fábricas, los mercados, en fin, casi todos los escenarios de la vida pública, han adoptado el método carcelario de control. Por todas partes somos vigilados y sometidos a métodos de disciplina para hacernos dóciles. Aquellos escenarios distópicos que Aldous Huxley y George Orwell retrataron en Un mundo feliz y 1984, respectivamente, serían más bien una realidad.

Con todo, opina Foucault, el modelo carcelario no ha sido eficaz para prevenir la delincuencia. Más bien, al contrario: en la medida en que el prisionero es despojado de su libertad de conciencia mediante los métodos de control y disciplina, se aliena más. Y, con eso, se incentiva aún más su reincidencia, pues queda desconectado de sus relaciones con familiares y amigos, al perder su autenticidad. La prisión es el caldo de cultivo del crimen.

Pero, Foucault considera que la prisión no es enteramente un fracaso. Efectivamente es un fracaso al no restringir eficientemente la actividad criminal. Pero, no es un fracaso en la medida en que cumple un propósito mucho más perverso: sirve como medio de control para las clases dominantes. Los criminales constituyen aquel sector de la sociedad que podría promover una revuelta en contra del sistema burgués dominante. Al encerrarlos y hacerlos dóciles, se reprime cualquier intento de revuelta. Y, además, al extender la disciplina, la vigilancia y el control a todas las esferas de la vida social, la burguesía logra amansar a las masas, y mantiene el status quo.

Como muchas tesis propuestas por los postmodernistas, las de Foucault empiezan por tener algún grado de plausibilidad, pero terminan por ser exabruptos. Es interesante el análisis que Foucault hace respecto al ejercicio del poder en las instituciones carcelarias, y la extensión de estos métodos a otras esferas de la sociedad. Pero, ¿es acaso objetable que seamos vigilados en los escenarios públicos?

Tenemos motivos suficientes para protestar que se pinchen las llamadas telefónicas como una invasión a nuestra privacidad. Pero, ¿por qué debemos protestar que en un centro comercial haya cámaras vigilándonos? Mi país, Venezuela, tiene una de las tasas más altas de criminalidad en el mundo; pero, precisamente en aquellos espacios públicos en los cuales hay vigilancia y cámaras, las tasas de criminalidad son menores. Ciertamente debemos estar muy alertas frente al auge de sistemas totalitarios que irrumpen sobre todas las esferas de la vida, pero es necesario saber ponderar la seguridad personal con la vigilancia.

En vez de considerarlo una forma tiránica de control, deberíamos apreciar el Panopticón de Bentham como un ingenioso método para reformar al prisionero, sin necesidad de emplear la brutal violencia inefectiva de épocas anteriores. Los prisioneros violaron el contrato social, y en ese sentido, es perfectamente lícito que sean sometidos a métodos de vigilancia y control, precisamente para evitar su reincidencia. Si no son vigilados y controlados, tendrán el camino libre para reincidir.

En vez de juzgar al intento de reformar psicológicamente al prisionero como una invasión a su conciencia, deberíamos apreciarlo como un servicio educativo que la misma sociedad hace al criminal. Hay, por supuesto, métodos ingenuos y objetables. El emplear métodos de aversión, como los que narra Anthony Burguess en La naranja mecánica (por ejemplo, forzar a un prisionero a abrir los ojos para observar imágenes desagradables) es muy cuestionable. Pero, el someter a los prisioneros a algunos métodos disciplinarios para controlar sus propios actos destructivos es perfectamente aceptable.

Foucault se queja de que los métodos de vigilancia y disciplina se extiendan a aquello que él llama el ‘archipiélago carcelario’. En efecto, en las fábricas, escuelas y demás instituciones públicas, existe un sistema de control. Pero, ¿podemos prescindir de ello? Tal como lo señalaron los teóricos del contrato social en la Ilustración, el Estado surgió para garantizar un mínimo de protección a los individuos. Los ciudadanos estuvieron dispuestos a entregar parte de su libertad, a cambio de algunas garantías. Para ello, es inevitable que el Estado ejerza un mínimo de control sobre nosotros. Los seres humanos tenemos la tendencia a violar la integridad de nuestros semejantes, y para solventar ello, necesitamos algún mecanismo de control.

Si bien nunca fue totalmente explícito en ello, la crítica de Foucault al moderno sistema penitenciario terminó por evocar la abolición de las cárceles y el castigo en general. Allí donde incluso los grandes reformistas penales como Becaria y Bentham hicieron notables esfuerzos por encontrar una justificación ética del castigo, Foucault no encontraba ningún motivo ético para castigar (en realidad, como buen postmodernista, Foucault ni siquiera aceptaba la existencia de valores éticos).

Hay varios motivos por los cuales el criminal debe ser castigado. Algunos tradicionalistas consideran que es intrínsecamente justo que el criminal pague su deuda con la sociedad. Pero, la mayor parte de los juristas se ha inclinado más hacia una justificación utilitarista de la pena, y han encontrado que el castigo sirve propósitos más allá de la retribución. Es necesario castigar al criminal, pues con esto se disuade al resto de la sociedad de delinquir. Además, el castigo promueve la rehabilitación del propio criminal para su reinserción: en la medida en que el criminal sufra alguna experiencia desagradable, sentirá una aversión a volver a delinquir. Y, el castigo también sirve para incapacitar al criminal: al ser encerrado, se previene de que siga cometiendo delitos.

Debe admitirse, junto a Foucault, que la rehabilitación del criminal ha sido sumamente deficiente en las cárceles modernas. Pero, con todo, la disuasión y la incapacitación son suficientes motivos para instrumentar el castigo. Los abolicionistas inspirados en Vigilar y castigar pretenden que no haya penas de prisión para los criminales. Esto no es sólo ingenuo, también es peligroso. ¿Acaso debemos dar libertad al violador para que nuevamente arremeta contra sus víctimas? ¿Debemos dejar impunes los robos, de manera tal que el ladrón de banco no sienta temor de ser castigado?

Ciertamente las condiciones en las prisiones de casi todos los países del mundo deben ser reformadas. Pero, la abolición es sencillamente una pretensión disparatada. La abolición de las cárceles o el castigo implica la abolición de las leyes (pues, no hay ley sin compulsión; es por ello que la justicia siempre es representada con una balanza y una espada). Sin leyes, el hombre queda desprotegido, y a merced de los abusos. El suprimir el castigo y las leyes termina por imponer una nueva ley: la ley del más fuerte. Todo esto termina por conducir al caos, a la violencia y al sufrimiento.

Debe admitirse que esto no es exclusivo de Foucault o el postmodernismo. Siempre ha habido anarquistas (premodernos, modernos y postmodernos) que resisten cualquier forma de autoridad o ejercicio del poder. En líneas generales, el anarquismo me parece una postura demasiado ingenua y utópica. Sólo hace falta un pequeño grupo de personas inmorales para poner en jaque al resto de personas indefensas. Quizás sea una exageración afirmar, a la manera de Hobbes, que el hombre es un lobo para el hombre. Pero, dado que siempre existe el riesgo de que alguien infrinja las normas y perjudique a los demás, es necesario el ejercicio de la autoridad a fin de ofrecer protección.

En todo caso, en tanto seguidor de Nietzsche, Foucault no tenía muchas contemplaciones por el control de la vida humana. Como el ideal dionisiaco de Nietzsche, Foucault valoraba el vivir sin mesura, sin restricciones de ningún tipo, y presumiblemente esto terminó por extenderse a su oposición al castigo y al ejercicio del poder. Sin ánimos de incurrir en un ataque ad hominem, vale destacar que Foucault tuvo una vida sumamente desordenada (promiscuidad, drogadicción, sadomasoquismo), lo cual condujo a su muerte prematura. No es una exageración afirmar que quiso extender el desorden de su vida a la sociedad.

Al final, Foucault es, como muchos otros postmodernistas, un nihilista. Su crítica a las prisiones jamás fue complementada con una propuesta constructiva respecto a qué debemos hacer con los psicóticos y los criminales. En su afán por oponerse a cualquier forma de sistema, Foucault abrió paso a una actitud de rebeldía sin causa; quizás por eso ha sido tan popular entre los adolescentes universitarios. Al pretender destruir un sistema, sin proponer uno alternativo, Foucault defiende la nada. Su obra es sumamente deprimente y peligrosa. Vigilar y castigar es una obra que recoge algunos datos y análisis históricos sobre la evolución del castigo; en ese sentido, tiene un valor historiográfico. Pero, su valor ético es casi nulo: consta de una crítica a quien ejerce el poder, por el mero hecho de ejercer el poder.

6 comentarios:

  1. Gabriel, te felicito por un artículo tan claro y contundente. Mucho desearía comentar, pero solo me referiré a una cuestión que tu en cierto modo ya planteas: Tu reconoces un valor a la obra de Foucault. Yo también: al menos en su detallada reconstrucción histórica y documentación, el texto de Foucault es muy rico y sugiere muchas ideas y críticas posibles al objeto de sus análisis. Lo que deseo plantear como pregunta es esto: ¿Podemos separar de las ideas de Foucault (o, para decirlo en estilo más posmoderno: de su "discurso" o su "texto") lo que es provechoso o útil o simplemente verdadero de lo que no lo es? Algunos dirían que no: o se compra todo el paquete o no se vende. Pero no veo por qué ser tan dogmático al respecto. Yo pienso que hay mucho de razonable en lo que él plantea, pero la cosa sería como con el apio españa: sacar las partes buenas y no hacer caso del resto. Me gustaría saber que opinas al respecto. Incidentalmente, dos cosas. Una, que si opinas que se puede sacar beneficio del texto, convendría no quemarlo, y la segunda: que no me parece muy feliz esta idea de un blog para quemar libros. Como decía Heine: "Donde se queman libros..."

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    1. Saludos profesor, gracias por su comentario.
      1. Sí, creo que de la obra de Foucault sí pueden rescatarse muchas cosas; de hecho, de los postmodernistas, yo diría que es el más "salvable". Su presentación de datos históricos es muy interesante, aunque hay algunos historiadores que colocan en tela de juicio algunos de sus alegatos. Por ejemplo, el eminente historiador de la medicina, Roy Porter, dice que Foucault presenta una historia muy errónea de la psiquiatría.
      2. Lo de quemar libros es, obviamente, como diría un maracucho, "jodedera"; es pura intención retórica. Hume decía que había que quemar los libros de metafísica; pero obviamente, no creo que ese paladín de la Ilustración se hubiese complacido en ir a una quema de libros. En efecto, Heine tenía toda la razón; aunque, agrego, la inversa no siempre s verdadera: donde se quema gente, no siempre se queman libros...

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  2. Muy buen artículo profesor Gabriel, espero que siga publicando artículos de esta naturaleza. Son de mucho provecho. Recordé mucho la clase de posmodernismo, que también fue de mucha utilidad. Gracias.

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  4. Muy interesante análisis, excepto en el penúltimo párrafo. Me generó antipatía que hayas puesto de antemano que no quereres argumentar falazmente pero efectivamente lo hayas hecho, me da esa sensación de las cláusulas eximentes de los contratos. De igual manera pienso igual que vos, descreo del abolicionismo penal pero también de la Ley de Talión y de que la lógica de premio-castigo sea la mejor pedagogía.

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